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Kanji para recordar

James W. Heisig con Marc Bernabé y Verónica Calafell

HERDER, 536 páginas. 4.600 pesetas, ISBN 84-254-2217-5

M. José de los Santos Auñón, La Vanguardia (Barcelona)
February 8, 2002

El idioma japonés tiene como centro de articulación en su escritura el kanji. Los kanji eran, en su formulación más ancestral, pictiogramas -representaciones esquemáticas más o menos veristas obtenidas de la "copia" gráfica de un modelo natural de referencia-. El uso y los requerimientos cada vez más complejos que se le exigen a este tipo de lenguas pictiográficas obligan a que esas grafías dibujadas tiendan a perder su dependencia de un modelo para ser capaces de reflejar material de más compleja expresión, como conceptos, sentimientos e ideas. Las grafías tienden por tanto a alejarse cada vez más de su origen imitativo para adquirir una independencia y una mayor capacidad y precisión semántica, lo que conlleva una abstracción en su formulación, a la vez que una progresiva dificultad en la localización de la etimología gráfica. El destino del pictiograma es acabar convirtiéndose en ideograma. Bajo esta forma de ideograma es como Japón adopta de China los kanji, entre los siglos IV y VI de nuestra era, con la intención de dotar de escritura a una fonética, la japonesa, particular y distante.

Pero si bien el kanji es la hermosa médula de la escritura nipona, sus limitaciones, especialmente el no facilitar información fonética sobre su uso, obligó a la introducción de escrituras fonéticas paralelas, en concreto silábicas (cada letra una sílaba); el Hiragana (que acompaña al kanji y le secunda en la formación de palabras y coordinaciones de frase) y el Katakana (usado principalmente para escribir palabras extranjeras y nombres propios). Existe además el Romaji, una traslación fonética del idioma japonés a nuestras grafías latinas, aunque con esta escritura no es posible plasmar todas las posibilidades fonéticas del japonés. Una segunda limitación es la enorme dificultad que, incluso para un indígena, tiene el aprendizaje del número suficiente de esos signos ideogramáticos que permitan una mínima fluidez en la escritura.

El trabajo de James W. Heisig (Doctor en Filosofía de la Religión por la Universidad de Cambridge y "socio permanente" del Nazan Institute for Religion and Culture), que ha contado para la adaptación a la lengua española de la colaboración de Marc Bernabé y Verónica Calafell, aborda esa segunda limitación, presentándose como una metodología alternativa de aprendizaje en la memorización de los kanji.

De la originalidad del método podría destacarse en primer lugar que busca sustituir la memoria visual por una lógica imaginativa que facilite su memorización. Dotar al interesado de mecanismos a través de un inteligente proceso lúdico/literario para que el propio estudiante pueda ser capaz de localizar o crear una lógica secuencial que le permita crear un sentido expresivo a la abstracción de los kanji. Es decir, que el punto de apoyo en la realización del kanji no sea rememorarlo gracias a que "se parece a algo", o porque puedan deducirse las diferentes transformaciones en su radical formal, sino que el estudiante lo genere porque le resulte lógico que así se produzca.

De la evidente dificultad que entraña el encontrarle referente formal directo al ideograma (intenten ustedes memorizar inequívocamente, por ejemplo, dos mil cuadros abstractos de la Escuela de Nueva York), así como del escaso apoyo que nos puede prestar la lógica derivativa, nos habla Henri Michaux en Un bárbaro en Asia al intentar establecer una etimología formal del kanji "elefante": "Primero tenía una trompa. Unos siglos más tarde la tiene todavía, pero se le ha puesto de pie como al hombre [...] para terminar, es todo lo que ustedes quieran; tiene dos cuernos y una tetilla que le sale de una pata".

Una segunda aportación del método de James W. Heisig y que le diferencia radicalmente de la enseñanza académica oficial en el manejo de los kanji, es el olvidar absolutamente, en este primer estado de aproximación a la lengua japonesa que supone este libro, la fonética y la gramática. Efectivamente los estudios oficiales intentan compatibilizar la asimilación gráfica del kanji con las fonéticas que se pueden derivar según su uso en diversos contextos. Frente a esto, se nos recomienda aprender por separado escritura, fonética y gramática.

Un trabajo este de James W. Heisig (publicado originariamente en lengua inglesa en 1977) dotado de la capacidad sublime -ya percibida por los que en alguna ocasión hemos tenido oportunidad de acercarnos a su pensamiento- de obtener sencillez de la más endiablada de las complejidades, y una ocasión propicia para recomendar cualquier aproximación a la figura genial de James W. Heisig, aunque "sólo" sea con la excusa de aprender japonés.

Como curiosidad señalar que cuentan que Pound tenía como kanji preferido el de "ver" (un ojo sobre unas piernas), curiosamente, el elegido para ilustrar la portada del libro, eso sí, modificado por un tercer componente ("edificio escolar") que lo convierte, cosas de las grafías, en "memorizar".